Anoche pude dormir, por fin.
Ayer mi médico me dijo que por primera vez en mucho tiempo, mi ritmo cardíaco era estable y tranquilo. Bueno, lo segundo no lo dijo, lo supuse yo.
Ayer mi pequeña me abrazó y dijo que olía a mamá y que ya no apestaba a angustia, tiempo desperdiciado, desesperación, arrepentimiento, insomnio, desorden, lugares extraños, ausencias.
Ella no dijo lo segundo, lo hizo mi intuición.
A él lo despido en el marco de la puerta. Lo veo alejarse, casi siempre de noche. Sentí miedo de su partida. Sé que volverá en unos días, pero no puedo ignorar el hecho de que nos hemos despedido, y lo veo alejarse, y es de noche. Me gusta cuando vuelve la cabeza para sonreírme.
Esta vez no me sonrió.
Sé que no lo dice, pero también le asustan las partidas.
Ayer me escribió y me preguntó cómo estaba. Mi cuerpo se alegró al ver su mensaje, pero él no puede ver mi emoción.
Menos la imagina al ver mi respuesta brusca y violenta. Nunca sabrá que a mis palabras las parió mi lado desencantado, mis celos más arraigados y ese protagonismo que me robó y echó a un lado.
Él también se despidió de mí, aun sabiendo que no puedo navegar sin velas, ni volar sin alas, ni despedirme sin llorar.
Le pedí que no se fuera, por favor. Le dije que lo necesitaba, pero no me escuchó.
Soy animal de días grises.
Pensé entonces y pienso ahora mientras escribo, que mi ritmo cardíaco lento, es solo por el reflejo de inmersión, que estoy en el fondo del océano y no me he dado cuenta.
A.
