Alambique
Un impulso le provocó ponerse de pie, interrumpir sus ermitañas y cotidianas actividades y salir de casa.
Salía con la esperanza de sentipensar esa vida que la abrumaba y quiso detenerse a mirarla.
Salió. Sintió la noche.
Aunque recién llegaba el otoño, el frío de la ciudad insinuaba que sin tardanza llegará el invierno. Pensó en él y en su continuas sugerencias de abrigar sus pies fríos.
Recordó sus palabras y se preguntó el por qué ninguno de los que tuvieron el arrojo de amarla recordaban ese detalle, y él lo tenía siempre presente aún sin haber compartido su cama, aún sin respirarla.
Sintió temor.
El ámbar artificial pintaba la calle; la calma del andador donde caminaba, silencioso; el ruido y la luz de las casas que la miraban, murmurando el final de un día que culminaría con el tradicional reclamo del por qué no le tocó ser una mujer mas fuerte, menos escandalosa, con menos carne, con menos boca, con menos años, con menos líos, con menos decibeles, con menos opiniones, con menos actitudes, con menos revoluciones dentro... con menos de ELLA.
Pensó en el desastre de su vida;
la lentitud del futuro que cómo tardaba;
la esquina del sitio donde su gato fue atropellado hace un mes;
el poco dinero en su cuenta;
la vida que la abrumaba.
Se detuvo en el lugar donde alguna vez caminó con él.
Una madrugada fría, virgen, sin sol ni gente.
Recordó su andar veloz, desesperado, esperanzado y ansioso de poder volver a verlo por fin.
Después de tantos días de ausencias distanciadas; de tanto extrañarlo; de tanto amor guardado.
Hoy, después de varios meses, tenía la fortuna de no extrañarlo tanto.
Lanzó un suspiro y la luna adivinó su clamor contenido.
Entonces pudo admirar el sonar del viento,
el silencio en su cabeza,
y el palpitar de su corazón vivo.
A.
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