Y se cumplió así, el mayor de mis temores...
Tu ausencia.
Menciono tu nombre y la memoria selecciona esa parte en donde tus palabras tocaban mi alma con luminosidad de seda, siempre profundas, siempre atadas a tu imagen, reviviendo esa melodía de caricia que las hacía viajar suaves al tacto del tímpano.
Es al recordarte cuando te siento cerca, como si buscando el contacto que designa tu nombre, al otro lado aparecieras contestando, vivaracho y solidario, siempre dispuesto a escuchar de aquello que me inquietaba y a su vez nos hacía cercanos y accesibles: la vida.
Menciono tu nombre y la memoria selecciona esa parte en donde tus palabras tocaban mi alma con luminosidad de seda, siempre profundas, siempre atadas a tu imagen, reviviendo esa melodía de caricia que las hacía viajar suaves al tacto del tímpano.
Es al recordarte cuando te siento cerca, como si buscando el contacto que designa tu nombre, al otro lado aparecieras contestando, vivaracho y solidario, siempre dispuesto a escuchar de aquello que me inquietaba y a su vez nos hacía cercanos y accesibles: la vida.
Es un desfase emocional soñarte y escuchar tu voz en la mente, saber que esa pretensión de cercanía y ese deseo de poderte contactar cuando quiera no es ni será ya nunca una posibilidad.
Aún está esa despedida que sigue hurgando el lacerado lugar en donde el silencio se posa, esa distancia insalvable que nació la noche de tu partida.
Soñarte tiene su costo, mi dolor se hace palpable, y mientras cedo a la comodidad de mi cama, mi mente se pierde al recordar aquellos momentos compartidos, que me permiten reunirme contigo a través de un recuerdo húmedo con matices de llanto.
Este sufrimiento mío es intransferible, así como la rabia o la impotencia ante la duda que día a día me invade. Los detalles de tu partida se discuten tímidamente y sé que sin la debida explicación estableceré juicios que me harán manejar tu ausencia con mayor pesadumbre... aún en la dicha de recordarte.
P.d. Me haces falta.
