Piélago






Me atraen profundamente los abismos, me gustan, llaman mi atención y siempre he pensado en el vértigo como una de esas sensaciones que ponen a prueba el sentido de la culpa y los límites de resistencia del ser humano. Quizá por ello los evito.
Quizá por eso a los abrazos les saco el cuerpo, porque aseguro que algunos me anticipan la hipnosis segura que me empujará inevitablemente hacia ellos.

Ayer me paré frente al mío, frente a mi abismo y pude acariciar sus bordes mientras intentaba calcular su fondo. Recordé que adentrarse en él, es lo mismo que transitar por uno de esos sueños intranquilos, que no alcanzando aún el rango de pesadilla amenazan con convertirse en una de un momento a otro.

Recordé que la última vez que lo enfrenté... le lloré desde lo más profundo y me haló hasta lo más hondo.

A veces sin querer y sin pensarlo ya estoy adentro. Otras me sumerjo a sabiendas y con pleno conocimiento. Pero en ambas transito por barrancos que van adquiriendo nitidez paulatinamente, como si de entre la niebla y en un camino solitario brotasen mis ganas tan masculinas, adquiriendo corporeidad y chocando contra ellas doy sentido a mis fracasos.


...

Abismal es quererte mientras duermes, es un vértigo estrecho, es un silencio, es un roce. Y en este abismo de corrientes submarinas y de hormonas malabaristas no hay bordes sin filo, pero me asomo, el riesgo es siempre la debilidad de mi vértice y esa promesa que intuía de que a tu lado la gravedad no existía. Es tu voz la que me convoca y me licua el albedrío. La que a mi voluntad vuelve líquida y anestesia mis sentidos. 

El abismo es tu cuerpo y haberlo soñado en dosis letales sin antídoto. 

Eres tú él que sin saberlo me haces sentir hundida, densa y vacía. Sumiéndome en un duermevela de sensaciones, no por tu autoría -o quizá precisamente por eso- menos opresivas.






A.